Con sentido moral y didáctico, Jean de la Fontaine creó en todos los hombres mediante sus maravillosas fabulas, la imagen de una hormiga laboriosa, previsora y perseverante.
Otros escritores, Mauricio Maeterlinck y Henry Fabre entre ellos, han dicho que la hormiga es uno de los seres más valientes y altruistas que existen en la naturaleza. Que es, además, ejemplo de organización social y que sus hormigueros podrían servir de modelos a las grandes urbes urbanas.
Todo ello puede ser verdad. Pero si nos acercamos con especial detenimiento a este maravilloso insecto, descubrimos su lado desagradable: la intolerancia y la irritabilidad. A la más pequeña violación de sus “derechos”, la hormiga protesta con todas sus fuerzas. Y no se trata, precisamente, de protestas moderadas.
Dispone de medios defensivos tan variados como eficaces. Hay hormigas que inundan con chorros de un líquido acre y sofocante al impertinente que se acerca; otras manifiestan su cólera con picaduras quemantes; y la mayoría inflige dolorosos mordiscos con sus poderosas mandíbulas. En algunas regiones tropicales, especialmente de América, viven hormigas cuya picadura puede tener graves consecuencias para el hombre. Esta es la otra cara de los simpáticos insectos.
Violentas armas defensivas.
Todas las hormigas con excepción de los machos, poseen un órgano defensivo en la parte posterior del abdomen. Dicho órgano, particularmente desarrollado en las obreras, se compone de cinco partes: glándula secretora propiamente dicha; vejiguilla de veneno que sirve de receptáculo; conducto eyaculador; aguijón y la glándula accesoria.
De acuerdo con las dimensiones, forma y posición de estas partes, existen diversos tipos de órganos, cada uno característico de las subfamilias en que está dividida la gran familia de las hormigas.
Así, por ejemplo, en las hormigas picadoras (que constituyen la inmensa mayoría) el aguijón está bien desarrollado pero sus dimensiones varían. Es accionado por un sorprendente juego de músculos antagonistas (que actúan en sentido contrario, como los flexores y los extensores) que permiten impeler o recoger el aguijón. Cuando la hormiga se enoja, hace avanzar el dardo, lo hunde en el cuerpo de su enemigo y expulsa, simultáneamente, una gotita de veneno.
Algunas de las hormigas llamadas superiores, carecen del aguijón, que está transformado en una especie de “pera” de lavado, desde el cual las hormigas enfurecidas lanzan con fuerza el líquido de la vejiga.
Otras poseen aguijón, como el de las hormigas picadoras, pero está atrofiado y no funciona eficazmente. Sin embargo, la naturaleza no las deja inermes y utilizan como medio de defensa una secreción viscosa y olorosa procedente de glándulas de la región anal.
En la glándula accesoria la hormiga tiene un líquido que le sirve de antídoto, es decir, la protege de la acción de su propio veneno.
“Instrumentos” de tortura.
Entre las hormigas picadoras o punzadoras se hallan las más peligrosas para el hombre. Algunas, como la mayoría de las que habitan en Europa, sólo producen con sus picaduras ligeras inflamaciones o irritaciones. Por el contrario, la picadura de muchas de las especies tropicales resulta a veces peligrosísima e incluso mortal.
Los antiguos habitantes de México torturaban y mataban prisioneros de guerra exponiéndolos a picaduras de hormigas. En algunas tribus de Congo —y esta costumbre persistió hasta este siglo— las mujeres adúlteras eran castigadas cubriéndolas con hormigas rojas cuya picadura producía espantosos dolores.
Una sola picadura de los géneros sima y pachysima basta para dejar dolorido todo el brazo y hasta movilizarlo temporalmente.
La pachydondyla y la dorilina, de Centro y Sudamérica, y la myrmecia de Australia figuran entre las hormigas más peligrosas. Su picadura produce, además de intenso dolor local y zona conjunta, fiebre, vómitos y otras alteraciones orgánicas. En Australia es común que los indígenas se nieguen a cortar árboles donde haya estas hormigas.
Es terrorífico el relato que el escritor colombiano José Eustacio Rivera hace en su novela La Vorágine, sobre las impresionantes legiones de hormigas rojas que devoraban todo lo que hallaban a su paso en las selvas colombianas del Putumayo.
Efectos de las picaduras.
Los efectos que las picaduras de las hormigas producen en el hombre, depende de tres factores:
1. Longitud del aguijón
2. La toxicidad del veneno, y
3. La cantidad de veneno inyectada.
Las hormigas más peligrosas son las que reúnen dos de estas condiciones: agujón largo y veneno activo; o bien, aguijón largo y gran cantidad de veneno.
La índole química del veneno de las hormigas picadoras no es aun completamente conocida como lo es ya, por ejemplo, el de las abejas. Algunos lo comparan, por su toxicidad, con el de ciertos tipos de serpientes e incluso con el curare, veneno vegetal que ponen en sus flechas los indios del Amazonas, Orinoco y las Guayanas. Pero como quiera que sea, parece que se trata de compuestos químicos muy complejos y que, en general, solo han podido ser estudiados más ampliamente en las grandes hormigas tropicales, venenosas en su gran mayoría, y que son la causa de muchos trastornos en la salud de los campesinos. Y de alguno que otro veraneante despistado.
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