Este título se refiere a un cráneo femenino de una especie cuasihumana llamada por los paleontólogos “homo erectus”, que los científicos italianos Sermonti y Fondi esgrimen como un argumento poderoso contra la teoría de la evolución de Darwin.
Giuseppe Sermonti y Roberto Fondi, han escrito, no hace mucho, un libro titulado “Después de Darwin” (en italiano “Dopo Darwin”) en el que hacen la crítica más sistemática, aguda y despiadada que jamás se haya hecho de la teoría de la evolución de Darwin y, en general, del darwinismo moderno. El hecho de que Sermonti sea uno de los bioquímicos más prestigiosos de Italia y Fondi sea un joven paleontólogo que se distingue, ya, en los medios internacionales, confiere especial interés al libro. Porque se trata de un ataque a fondo contra una de las teorías científicas más aceptadas en nuestra civilización moderna.
Como diría Ortega, contamos con la teoría de la evolución de manera tan radical que, una idea, se ha transformado en una creencia. Atacarla con saña es ya motivo de escándalo y, si además de la saña hay argumentación científica seria, el libro se transforma en un best seller (en un sólo año se han hecho tres ediciones).
La cantidad de argumentos contra la teoría de la evolución que presentan los autores es muy grande; y algunos de ellos son muy elaborados. Es imposible, por eso, en un artículo periodístico dar una visión global de la discusión. Pero creemos que presentando dos argumentos importantes, se puede dar una idea bastante clara de lo que es el libro. Estos argumentos pueden llamarse: la inutilidad adaptativa de las mutaciones y la inhallabilidad del eslabón perdido.
Según el darwinismo moderno, la evolución se produce de la siguiente manera: debido a ciertos acontecimientos como el sometimiento de un organismo a una radiación especialmente intensa (1), uno o más genes pertenecientes al código genético de sus células germinales (2) cambian su estructura química. Al cambiar de estructura química, el código genético comienza a funcionar de manera diferente y, en consecuencia, cuando dicho organismo se reproduce, la prole resulta con caracteres que no tenían los progenitores. Si estos caracteres favorecen la adaptación al medio, la lucha por la existencia, la prole tiene una buena probabilidad de reproducirse. En este caso la descendencia de los progenitores originarios proliferará rápidamente y formará un conjunto de animales parecidos a aquellos pero algo diferentes (por ejemplo pueden tener cachos más largos, o manchas en lugares en que antes no existían). Si los genes del código genético de este nuevo conjunto siguen variando, se va formando una nueva especie. Desde luego, en caso de que los nuevos caracteres, adquiridos de la manera descrita, resulten negativos para la adaptación del organismo al medio, la prole irá desapareciendo rápidamente y no se formará ninguna especie nueva.
Según Sermonti y Fondi es cierto que, de cuando en cuando, se producen cambios en el código genético de algunos miembros de una especie dada, pero estos cambios no tienen nada que ver con la adaptación al medio. Son cambios arbitrarios, que no son favorables ni desfavorables en relación a la lucha por la existencia. Por ejemplo, el color de los ojos, o del pelo, o las manchas de la piel, etc. (3). Si se piensa que el grado de la adaptación al medio se mide por la supervivencia de la especie, entonces no cabe duda de que los organismos más primitivos, como las bacterias, son los mejor adaptados puesto que han sobrevivido mucho más tiempo que los organismos más complejos como los peces, los reptiles, las aves y los mamíferos.
El segundo argumento es aún más impresionante. Sermonti y Fondi presentan numerosas pruebas de un hecho revelador: hasta el momento no se han hallado fósiles que permitan tener la seguridad de que las especies modernas (e incluso las antiguas ya desaparecidas) se han ido formando por medio de cambios progresivos de caracteres a partir de organismos más primitivos. Esto puede parecer sorprendente pues todo el mundo ha oído hablar de la famosa historia de la evolución del caballo y de los diferentes cráneos humanoides que son considerados como los eslabones perdidos en la cadena de la evolución humana que, por fin, han sido encontrados. Pero de acuerdo a los últimos descubrimientos paleontológicos; por ejemplo, según citan nuestros autores, los realizados por Lull, Mathew, Stirton, Quinn y otros, resulta que los famosos eslabones siguen tan perdidos como antes.
Cuando se trata del hombre la situación es desconcertante (4). Hasta no hace muchos años se consideraba que la evolución del ser humano se había realizado a través de cuatro tipos: australopiteco (el más antiguo de todos, alrededor de un millón de años), el pitecántropo, el sinántropo y el neanhdertaliano. Pero ahora resulta que al lado de estos tipos hay muchos otros como el javantropo, el atlantotropo, el tchadantropo, el proantropo, el telantropo y, el más desconcertante de todos, el praezinjatropo o, como también se le llama, el homo habilis. El grado evolutivo de estos tipos es un verdadero enredo. Hay, por ejemplo, tipos primitivos que parecen descienden de otros más avanzados.
Pero lo más desconcertante de todo es la existencia del homo habilis, porque resulta que este tipo es mucho más antiguo que todos los demás y, sin embargo, es el que más se acerca al modelo humano. El cráneo clasificado como el KNM-ER 1470, encontrado junto a cinco más en Koobi Fora, Kenia, muestra que el homo habilis existió antes que el australopiteco y el sinántropo, de los cuales se creía que descendía el hombre. La grácil —y ¿por qué no pensarlo? hermosa— mujer que poseía ese cráneo existió hace unos tres millones de años.
La increíble conclusión a que llegan Sermonti y Fondi es que la evolución no existe, que las especies no provienen unas de otras sino que han existido siempre. Que son eternas y que su aparición sobre la Tierra se debe a la manera como captamos el tiempo. O sea, pretenden regresar a la visión tradicional de la vida, a las especies creadas por Dios (o tal vez existentes como ideas divinas en el seno de un Dios naturaleza).
Lo malo es que el remedio que proponen es peor que la enfermedad. Se trata de una hipótesis totalmente inverificable, es decir, de pura metafísica. Después de todo, la ciencia de la realidad tiene que contar con datos experimentales. Y la teoría de la evolución tiene por lo menos la ventaja de que puede ser confrontada con los hechos. Los hechos no parecen hasta ahora confirmarla. Hay, sobre todo, algo que ya nadie puede ignorar: que los cambios genéricos se producen de manera casual y que, en su mayoría, no parecen ser útiles para la adaptación al medio. Pero esto no significa que unas especies no provengan de otras. La situación actual muestra que las líneas evolutivas no son tan simples como se creía, que hay avances y retrocesos, zigzagueos, cruzamientos inesperados; pero no torna imposible una teoría de la evolución, liberada de su mitología. Como casi todas las ciencias, la biología y la teoría de la evolución están entrando en una nueva y revolucionaria etapa. Sólo el futuro nos dirá cuál será su nuevo camino, pero nos atrevemos a predecir que no será el de las especies fijadas para siempre...La frase de Ortega aplicada al hombre, debe universalizarse, la naturaleza tampoco tiene naturaleza...sólo tiene historia (5).
Notas:
1) Los cambios genéticos pueden deberse a factores diferentes de la radiación; por ejemplo, pueden producirse espontáneamente, o por la incorporación en las células del organismo de ciertas sustancias químicas (esta transformación se hace, por lo general, en el laboratorio).
2) En general cuando una radiación produce cambios genéticos, los produce en un gran número de células del organismo. Pero los cambios que influyen en la conformación de la prole son, desde luego, los que se producen en las células sexuales.
3) Puede pensarse que el color de los ojos puede ser útil para la adaptación al medio. Por ejemplo, los ojos negros son mejores, para resistir el fuerte sol africano, que los azules. Pero, entonces, no puede aplicarse evolutivamente la enorme cantidad de personas con ojos negros que existen en los climas fríos.
4) Es una lástima no poder exponer la crítica que hacen los autores a la teoría de la evolución del caballo. Tenemos que limitarnos a decir que la situación es análoga a la que hemos señalado en relación al ser humano.
Hasta hace poco se creía que el caballo había evolucionado en cuatro o cinco grandes etapas. Hoy día la situación es un enredo del que no se sabe cómo salir.
5) La famosa frase de Ortega es: “El hombre no tiene naturaleza, tiene historia”.
Por Francisco Miró Quesada. Revista “GENTE” 1983.